25 oct 2007

Un ovillo de esperanza


Cuando Vladimir acabó de leer el libro que le había regalado su abuela por su trece cumpleaños se quedó sentado en el porche de su casa mirando al horizonte. Siempre se sentaba en el mismo escalón, a veces incluso tenía que desplazar varios palmos de nieve con las manos para poder sentarse en el mismo lugar. Su madre le invitaba con sentido protector a sentarse junto al fuego de la chimenea que permanecía encendido casi todo el año.

- ¡Vas a coger frío! ¡Entra en casa Vlad!

Él, sin embargo, prefería quedarse allí sentado, sintiendo el gélido viento del océano en la cara. Le gustaba mirar al cielo, imaginar figuras observando las nubes, un elefante, una tortuga, un guerrero; a veces la misma nube se transformaba de una figura a otra delante de sus ojos, parecía que el vapor de agua quisiera jugar con él, eran momentos mágicos para Vladimir.
Egvekinot era un pequeño pueblo de la región ártica de Chukotka, allí rodeados de glaciares como blancas carreteras de hielo, cubiertos de frío, de nieve y de resignación durante todo el año, la familia de Vladimir sobrevivía vendiendo pescado en Anadyr, una población gris a ciento cincuenta kilómetros de Egvekinot, en la que un gran mercado recogía a todos los comerciantes de la zona una vez por semana, y adonde debían acudir por una carretera con un trazado quebradizo que recorría la costa y que en demasiadas ocasiones era intransitable por las ventiscas y los metros de nieve que acumulaba y que impedía el paso de todos los vehículos. Era entonces cuando sacaban del fondo de la despensa aquella caja de madera ennegrecida con el pescado sobrante del año anterior curado en sal que tan poco gustaba a Vladimir; no por el sabor del salado alimento, sino porque cuando comía ese pescado, sabía que su padre, cuando abría aquella caja, el alma se le recubría de un manto de tristeza húmeda, demasiado pesada y que le obligaba a permanecer encorcovado, arrastrando los pies y con una mueca lánguida en el rostro. No soportaba ver pasar hambre a su familia, se sentía culpable.
Uno pocos años atrás, antes de la disgregación de Unión Soviética, el padre de Vladimir capitaneaba un gran pesquero con más de cuarenta marineros, era un hombre alegre, con los bolsillos llenos de rublos y con una eterna botella de vodka en la mano. Cuando el estado disolvió la flota del norte, el Capitán se quedó sin barco, se quedó sin vida, se quedó sin nada, su vida era aquel barco. Ahora pescaba en un pequeño bote de madera al que llamó “Vladimir I”, por su primer y único hijo, y a la esperanza de que algún día dispondría de un “Vladimir II”, o por qué no de un “Vladimir III”; pero eso nunca llegó. En demasiadas ocasiones volvía a casa con las redes vacías, vacías como su esperanza. El Capitán envejeció demasiado rápido. Un día en que de nuevo las condiciones del mar impedían salir a faenar a los pescadores, su hijo lo encontró en el puerto junto a su barca, donde amarraba la embarcación en un mástil de madera roído, lleno de líquenes y musgo, que compartía con otros cuatro botes. El Capitán frotaba el “I” del nombre esmaltado en el casco de la barca, decapaba la pintura con un cepillo de puntas metálicas que utilizaba para descamar el pescado mientras lloraba desesperadamente. Vladimir lo miró de lejos y lloró con él, pero no se atrevió a acercarse, quería abrazar a su padre, pero el orgullo del Capitán no hubiera soportado que su hijo lo viera llorar así, desconsolado, como un niño.
Vladimir corrió hasta su casa y abrazó a su madre con fuerza, no le dijo nada, sólo permaneció pegado a ella, durante largo tiempo.

- ¿Qué te pasa Vlad? – le pregunto su madre.

- Nada, mamá, nada... - dijo él con mirada esquiva y húmeda.

Vladimir se desprendió del calor materno y agarró con fuerza el libro de encima de la mesa. No quería preocupar a su madre. Se sentó en el porche, en el mismo escalón de siempre, y se sumergió en la lectura.
Su abuela siempre le regalaba un libro, desde que aprendió a leer, aniversario tras aniversario, su abuela le entregaba un nuevo libro.

- Vlad, la lectura te proporcionará un futuro mejor. ¡Lee mi niño, lee! – le decía su abuela, mientras pegada al fuego confeccionaba alguna pieza de lana con aquellas largas agujas de tejer con las que Vladimir jugaba a ser mosquetero desde que leyó la obra de Dumas.

La abuela imprimía a sus palabras un tono autoritario, pero Vladimir sabía que estaban llenas de amor, amor por una vida mejor.
Allí, sentado de nuevo, imaginó como sería aquel hombre llamado Noé, que construyó un gran barco y lo llenó de animales. “El Diluvio” era el último libro que le había regalado la abuela. Pensó que su padre podría haber gobernado aquel gran barco entre tempestades y grandes olas sin ningún problema, el Capitán era el mejor marinero de la región. Pero lo que retuvo a Vladimir mirando las llanuras heladas fue, según explicaba el libro, aquel plumífero animal que salió del arca en busca de tierra firme, en busca de esperanza. Noé había navegado con su familia durante cuarenta días, el desánimo, el hambre y la tristeza invadían la gran bodega de la embarcación, mezclado esto con un intenso hedor a putrefacción de los animales que habían muerto consumidos por un tormento de lluvias eternas. Fue entonces cuando la paloma regresó con una rama de olivo en el pico.
Vladimir se levantó del helado escalón y corrió hasta la chimenea donde su abuela seguía enredada en la madeja de sus propios pensamientos, manipulando las agujas de tejer con movimientos precisos.

- Abuela, ¿por qué aquí no hay palomas? – le preguntó.

- Hace demasiado frío, demasiado. – Contestó la abuela.

Él se quedó un rato apoyando la cabeza en el regazo de la perpetua tejedora, mirando el fuego y escuchando el crepitar de los troncos que se consumían lentamente.
Aquella noche volvieron a cenar de la salada caja de madera alrededor de la cada vez más silenciosa mesa.
Vladimir se levantó de un salto y exclamó.

- ¡Calcetines!

Nadie de la familia entendía lo que quería decir con eso.

- ¡Calcetines, abuela! ¡Calcetines! – Le dijo mirándola con una sonrisa como hacía tiempo que su abuela no veía en el rostro de su nieto.

- ¿Calcetines? – Ella no lograba descifrar los deseos de Vladimir, y mucho menos el Capitán, que lo miraba fijamente y extrañado.

- Sí, abuela. Si hacemos calcetines para las palomas, no tendrán frío y podrán vivir aquí, con nosotros. – Afirmó con cierta seriedad, con la certeza de tener la solución al problema de su familia.

– La paloma nos traerá la suerte, ya lo veréis. – Afirmó Vladimir.

Todos echaron a reír, hacía mucho tiempo que nadie reía en aquella casa, demasiado.
Cuando amaneció, Vladimir ya estaba vestido y preparado en el porche, vio como los primeros rayos de sol iluminaban débilmente la casa y le otorgaban a esta un color dorado como si del palacio de oro del maharahá de “Las mil y una noches” se tratase. Estaba feliz.
Su padre le había prometido ir a Anadyr, al gran mercado central, para comprar un par de palomas con los pocos rublos que les quedaban. Era muy difícil encontrar aquel extraño animal por aquellas latitudes, y en caso de encontrarlo, el Capitán no sabía si podría pagarlo.
Recorrieron todos los rincones del mercado, preguntaron a todos los vendedores de aves, a los cazadores, a los viejos del lugar; nadie, absolutamente nadie había visto nunca una paloma en aquel mercado.
Recorrieron las calles del centro de Anadyr con pasos cada vez más lentos. El desánimo y la tristeza les cubría como la sal de aquel pescado con sabor a resignación. Vladimir recordó a Noé.
El crujido sordo de la nieve bajo sus zapatos era lo único que se escuchaba, los dos, padre e hijo permanecían en silencio.

- Creo que sé donde podemos encontrar palomas. – dijo el Capitán.

Corrieron hasta el destartalado vehículo y pusieron rumbo al sur. Durante el viaje, el Capitán explicó a su hijo que en Khatyrka había una antigua base de submarinos que conocía porque allí había intercambiado en muchas ocasiones pescado por combustible para el barco. Un trueque que en los calientes despachos del Kremlin se desconocía, aunque eran conscientes de la falta de recursos que tenía el ejército soviético y que les llevó a perder la guerra fría.
La paloma era el símbolo que se dibujaba en el casco de aquellos viejos submarinos diesel, esperanza de una guerra que nunca ganaron.
Llegaron cuando el sol se disponía a abandonar el día y una luz ocre daba a la nieve un brillo fascinante dibujando caminos de destellos, como de piedras preciosas. La base militar estaba abandonada, hacía mucho que los marineros habían desaparecido junto a los submarinos, la herrumbre cubría todos los edificios, sólo el sonido áspero del viento que silbaba gélido a su paso por las ventanas sin cristales acompañaba a Vladimir y al Capitán.

- ¿Oleg, eres tú? – susurró una voz desde el interior de un edificio.

El Capitán se quedó mirando una puerta entreabierta desde la que un viejo soldado, envuelto en una casaca militar descolorida y con unas botas agujereadas apareció como un alma en pena.

- Sí, soy yo – Contestó el padre de Vladimir.

Aquel hombre era el militar con quien el Capitán hacía negocios en los tiempos en los que el vodka corría a raudales y los hígados se llenaban de cirrosis y prosperidad. Se abrazaron con fuerza tratando de encontrar en el otro el calor de los recuerdos de una época que ambos habían olvidado.

- Este es mi hijo Vladimir – le dijo Oleg al viejo militar.

- ¿Y qué demonios hacéis aquí? ¿os habéis perdido? – preguntó mientras les invitaba a pasar al interior del edificio de la antigua comandancia.

- Estamos buscando palomas – contestó Vladimir.

Cuando entraron en el edificio había varios bidones con leña ardiendo repartidos por la estancia principal, el militar explicó que era para mantener la temperatura del edificio, y que eso era muy importante para los animales.

- ¿Los animales? – preguntó Vlad.

- Sí, mira – contestó el militar mientras señalaba las oscuras vigas de madera que cruzaban el techo de lado a lado.

Allí arriba, en la oscuridad, se divisaban decenas de pequeños ojos, ojos inquietos que observaban a los nuevos huéspedes con cierto recelo.
Fue entonces cuando el viejo militar metió la mano en el bolsillo del chaquetón y extrajo del interior un mendrugo de pan, lo lanzó al centro de la habitación y se produjo el milagro.
Un abrumador sonido de batir de alas cubrió la estancia y cientos de palomas cayeron en picado sobre el farináceo alimento. El ruido era ensordecedor, las migas saltaban por doquier. Vladimir abrió los ojos más allá de lo posible, el corazón le latía tan rápido que no podía contenerlo en el pecho.

- ¡Mira, papá, palomas, palomas! ¡son palomas! – gritaba sin parar.

Cuando llegaron a casa, la abuela y su madre ya estaban durmiendo. En la mesa junto a dos platos de pescado curado había dos diminutos pares de calcetines de colores. Vladimir los acarició muy despacio, observando el trabajo que había hecho su abuela, eran exactamente lo que necesitaban. Colocó a las palomas en una jaula junto al fuego y los calcetines sobre esta, así absorberían calor.
Aquella noche a Vladimir le costo mucho dormir, pero el cansancio de los cientos de kilómetros de sueños y deseos, las toneladas de nieve de esperanza, los caminos de ilusión helada que había atravesado junto a su padre le llevaron en unas horas al mundo de Morfeo, en donde le esperaban Noé, los mosqueteros, la gran flota del norte, pescados cubiertos de sal, viejos submarinos, cielos azules cubiertos de nubes de mil formas y palomas con calcetines que le miraban desde la ventana.
A la mañana siguiente la familia se reunió en el porche, todos permanecían en silencio. Vladimir vistió con sumo cuidado las quebradizas patitas de las dos palomas con los calcetines de lana tibia de la abuela, la parte superior de estos disponía de unos hilos sueltos para hacer un nudo y evitar que durante el vuelo, alguna de ellas perdiera un calcetín. Eso sería fatal.
Poco después la abuela musitó una oración y Vladimir lanzó las palomas al cielo que se dirigieron hacia el sol perdiéndose en el horizonte. La madre de Vladimir lloraba mientras el Capitán la recogía en sus brazos. La abuela se sentó en la silla junto al fuego para seguir tejiendo. Vladimir se sentó en el escalón del porche escudriñando el cielo buscando las palomas, buscando la esperanza.
Unos meses después la abuela murió junto al fuego, en sus manos había un ovillo de lana.
Vladimir permaneció sentado en aquel escalón del porche durante días, meses, mirando el cielo. Esperando.
Había dejado de leer.
Las palomas jamás regresaron.


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