
El rumor de las olas del mar se sincronizaban armónicamente con mis exiguos impulsos cerebrales. También mi respiración acompasaba el embate de límpida agua que se convertía en blanca espuma al llegar a la orilla con una cadencia lenta y perseverante, cansina; mientras, el calor del sol mantenía en mi piel una tibieza agradable, y mis manos acariciaban la arena dibujando con los dedos absurdos bosquejos reflejo de mi insignificante actividad neuronal.
¡Me encantan las vacaciones!
Cuando mi temperatura corporal ascendió más de lo soportable me despegué de la toalla de promoción, con motivos marinos, que me habían regalado al comprar una crema de protección solar factor 25 con extracto de zanahoria. Tenía la frente repleta de pequeñas gotitas de sudor que luchaban por hacer descender la calentura sin conseguirlo, al abrir costosamente los ojos quedé deslumbrado por la blanca luz canicular de Helios que me observaba desde el cenit.
- Me voy al agua – espeté, tratando de compartir mi caluroso malestar con un imaginario acompañante. Aquellas vacaciones había decidido disfrutarlas solo.
Recorrí el espacio que separaba la costura de la toalla, que ejercía de frontera, de la húmeda arena, a pequeños saltos, como caminando sobre ascuas, y es que aquellos escasos metros se habían convertido en un camino de fuego, rescoldos y brasas a esa hora del mediodía. Cuando mis pies se sumergieron lentamente en la orilla, cubiertos por un frío manto de agua que hizo de fármaco, había perdido ya toda sensibilidad en las plantas que se mostraban de un color rojizo, casi morado.
Me dejé caer a peso sobre las olas, tan solo impulsado por la atracción que la Tierra ejercía sobre mí, y en una amalgama de teorías, entre Newton y Arquímedes. ¡Eureka! ¡estaba flotando mecido por el mar entre arrumacos de olas y gaviotas que hacían de curiosos móviles infantiles sin hilos!
Al poco de mover mis manos que se convertían en pequeños remos para desplazarme en una singladura sin destino ni puerto, topé con un sólido elemento que me entresacó de mis ensoñaciones marineras. Me incorporé, no sin alguna dificultad, en el líquido elemento, y descubrí que lo que me había abordado, sin previo aviso, era una botella de cristal que flotaba verticalmente y que oscilaba a ritmo del vaivén del mar, como un metrónomo oceánico que marca el tempo de una sinfonía acuática. Tic, tac, tic, tac, tic...
Nos miramos fijamente por largo tiempo, manteniendo las distancias, como dos extraños que se acaban de conocer. Ella guardaba un secreto que se me reveló a medida que la irritación de mis ojos por el agua salada se achicaba, era sustituida por lágrima natural y la visión borrosa se aclaraba pacientemente. Algo tenía la botella en su interior, un papel en forma de canutillo recojido por una cinta hecha con alguna fibra natural, como de caña.
Agarré la botella por el cuello y miré a ambos lados, como cuando cogía algún caramelo sin pedir permiso en alguna de las tiendas a las que mi madre me llevaba de niño, de la misma forma se me aceleró el corazón, tenía la sensación de que le estaba robando al mar un secreto que le pertenecía, un elemento inherente a cualquier océano que se precie como es una botella con un mensaje, mito de la literatura ahora hecho realidad en mis propias manos.
Me recosté de nuevo en la toalla, impaciente por examinar con más detalle mi tesoro, la botella estaba coronada por un tapón de corcho algo ennegrecido, me dispuse a extraerlo pero parecía que la botella no quisiera desprenderse de él, juntos habían recorrido mares de circunstancias y les había unido una invisible laminilla de algas que hacían de argamasa, además de la amistad que se forja de surcar juntos mares de lamentos.
Finalmente pude separarlos tras una lucha personal, con algún intento de abandono por mi parte; cuando el tapón se iba deslizando por el cuello de la botella chirriaba con un quejido fino y agudo de conmiseración que erizaba los pelos, al verse tan próximo a la separación de quien había estado ligado durante tanto tiempo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Pude extraer el papel del interior de la botella ayudado por un palo de madera de un helado de moda que yacía enterrado no hacía mucho tiempo, todavía tenía restos de chocolate adheridos a la superficie.
El papel era rugoso y aspero, algo amarillento, como antiguo. Deshice el nudo de cinta de caña con sumo cuidado, en una operación que me llevó largo tiempo para herir lo menos posible la envoltura del mensaje que se intuía enroscado en el interior.
Desenrollé el papírico pliego y se mostró ante mí el críptico mensaje: Help me!
Help me! escrito con una caligrafía anodina, sin ningún rasgo especialmente llamativo, tinta azul oscuro, azul de mar adentro, ninguna pista, nada.
Recogí mis cosas y me fuí con paso dubitativo al bungalow alquilado sin dejar de pensar. Help me!
Al poco de terminar mis cortas vacaciones e incorporarme a la poco edificante rutina del trabajo en la oficina, recibí una llamada telefónica, al otro lado de la línea se escuchaba el rumor del mar.
- ¡Digamé! ¿hola?...
Sólo el sonido de olas lejanas.
Las llamadas ocasionales se mantuvieron por varios meses. Nunca nadie al otro lado, sólo el mar.
¡Me encantan las vacaciones!
Cuando mi temperatura corporal ascendió más de lo soportable me despegué de la toalla de promoción, con motivos marinos, que me habían regalado al comprar una crema de protección solar factor 25 con extracto de zanahoria. Tenía la frente repleta de pequeñas gotitas de sudor que luchaban por hacer descender la calentura sin conseguirlo, al abrir costosamente los ojos quedé deslumbrado por la blanca luz canicular de Helios que me observaba desde el cenit.
- Me voy al agua – espeté, tratando de compartir mi caluroso malestar con un imaginario acompañante. Aquellas vacaciones había decidido disfrutarlas solo.
Recorrí el espacio que separaba la costura de la toalla, que ejercía de frontera, de la húmeda arena, a pequeños saltos, como caminando sobre ascuas, y es que aquellos escasos metros se habían convertido en un camino de fuego, rescoldos y brasas a esa hora del mediodía. Cuando mis pies se sumergieron lentamente en la orilla, cubiertos por un frío manto de agua que hizo de fármaco, había perdido ya toda sensibilidad en las plantas que se mostraban de un color rojizo, casi morado.
Me dejé caer a peso sobre las olas, tan solo impulsado por la atracción que la Tierra ejercía sobre mí, y en una amalgama de teorías, entre Newton y Arquímedes. ¡Eureka! ¡estaba flotando mecido por el mar entre arrumacos de olas y gaviotas que hacían de curiosos móviles infantiles sin hilos!
Al poco de mover mis manos que se convertían en pequeños remos para desplazarme en una singladura sin destino ni puerto, topé con un sólido elemento que me entresacó de mis ensoñaciones marineras. Me incorporé, no sin alguna dificultad, en el líquido elemento, y descubrí que lo que me había abordado, sin previo aviso, era una botella de cristal que flotaba verticalmente y que oscilaba a ritmo del vaivén del mar, como un metrónomo oceánico que marca el tempo de una sinfonía acuática. Tic, tac, tic, tac, tic...
Nos miramos fijamente por largo tiempo, manteniendo las distancias, como dos extraños que se acaban de conocer. Ella guardaba un secreto que se me reveló a medida que la irritación de mis ojos por el agua salada se achicaba, era sustituida por lágrima natural y la visión borrosa se aclaraba pacientemente. Algo tenía la botella en su interior, un papel en forma de canutillo recojido por una cinta hecha con alguna fibra natural, como de caña.
Agarré la botella por el cuello y miré a ambos lados, como cuando cogía algún caramelo sin pedir permiso en alguna de las tiendas a las que mi madre me llevaba de niño, de la misma forma se me aceleró el corazón, tenía la sensación de que le estaba robando al mar un secreto que le pertenecía, un elemento inherente a cualquier océano que se precie como es una botella con un mensaje, mito de la literatura ahora hecho realidad en mis propias manos.
Me recosté de nuevo en la toalla, impaciente por examinar con más detalle mi tesoro, la botella estaba coronada por un tapón de corcho algo ennegrecido, me dispuse a extraerlo pero parecía que la botella no quisiera desprenderse de él, juntos habían recorrido mares de circunstancias y les había unido una invisible laminilla de algas que hacían de argamasa, además de la amistad que se forja de surcar juntos mares de lamentos.
Finalmente pude separarlos tras una lucha personal, con algún intento de abandono por mi parte; cuando el tapón se iba deslizando por el cuello de la botella chirriaba con un quejido fino y agudo de conmiseración que erizaba los pelos, al verse tan próximo a la separación de quien había estado ligado durante tanto tiempo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Pude extraer el papel del interior de la botella ayudado por un palo de madera de un helado de moda que yacía enterrado no hacía mucho tiempo, todavía tenía restos de chocolate adheridos a la superficie.
El papel era rugoso y aspero, algo amarillento, como antiguo. Deshice el nudo de cinta de caña con sumo cuidado, en una operación que me llevó largo tiempo para herir lo menos posible la envoltura del mensaje que se intuía enroscado en el interior.
Desenrollé el papírico pliego y se mostró ante mí el críptico mensaje: Help me!
Help me! escrito con una caligrafía anodina, sin ningún rasgo especialmente llamativo, tinta azul oscuro, azul de mar adentro, ninguna pista, nada.
Recogí mis cosas y me fuí con paso dubitativo al bungalow alquilado sin dejar de pensar. Help me!
Al poco de terminar mis cortas vacaciones e incorporarme a la poco edificante rutina del trabajo en la oficina, recibí una llamada telefónica, al otro lado de la línea se escuchaba el rumor del mar.
- ¡Digamé! ¿hola?...
Sólo el sonido de olas lejanas.
Las llamadas ocasionales se mantuvieron por varios meses. Nunca nadie al otro lado, sólo el mar.
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