No sabía por qué estaba de nuevo en aquella sala de espera de paredes roídas y de un blanco ambarino; hacía ya algo más de dos años que había pasado por esas mismas oficinas en Nueva York, aunque ahora lo recordaba tan lejano que parecía haber ocurrido en otra vida. Los mismos posters en las paredes con mensajes imperativos - “Alístate”, “Tu país te necesita, el mundo te necesita”, “Ingresa en el ejército, hazte hombre, hazte Marine” – una fe de marketing que da sentido a vidas sin sentido, a patriotas resentidos, a patriotas convencidos, a salvadores del mundo o a ilusionados jovenzuelos como yo, con ansias de vítores, glorias y reconocimientos, con nuestros pequeños héroes en el corazón construidos a base de palomitas y películas de Hollywood en las que se ensalza el “American way of life”, cuasi una religión que te abre las puertas del cielo, con un San Pedro con chistera de barras y estrellas.
De nuevo estaba allí, en el mismo punto de partida, tratando de achicar pesadillas de trinchera, con la sonrisa de veintipocos años, fresca, inocente, borrada de un plumazo por imágenes de amigos descuartizados y el olor a pólvora y a carne en estado de putrefacción que recorría aquellos lares con nombres imposibles de pronunciar y menos aún de recordar. Envejecido prematuramente, con la mirada fría de horrores. ¿Donde estaba aquel chico tímido que se colaba en los campos de maíz dos veranos atrás?
Hacía una semana que había recibido una carta certificada del ejército, reclamaban mi presencia en estas oficinas en día y hora determinados. Allí estábamos once muchachos, supongo que por el mismo motivo desconocido, pude ver la misma carta en las manos de algunos de ellos. Nadie decía nada, y por contra el silencio lo decía todo. Cada uno con historias que contar, con historias que olvidar, experiencias distintas y vivencias tan calcadas. Algunos miraban al suelo, otros nos mirábamos a los ojos y otros enterraban sus pensamientos en revistas mensuales que se acumulaban en la mesita de la esquina: “War”, “Army”, “Weapons”, no dejó de sorprenderme el titular de una de ellas “Nuevas formas de matar”, repugnante.
La úlcera volvió a hacer acto de presencia, la abundante salivación, el sudor frío y el dolor en la boca del estómago me hizo plegarme en mí mismo. Saqué una pastilla de Almagato, sabía que en cinco minutos ya todo habría pasado, y la mastiqué con rabia. Poco a poco el dolor se disolvió a ritmo de la disolución de la pastilla, estaba enganchado a esa sustancia desde que sufrimos el primer bombardeo de la artillería enemiga. El médico de campaña me explicó entonces que con el estrés, los nervios y una alimentación basada en chocolatinas y tabaco, una úlcera era lo mejor que me podía ocurrir. Y me dio un paquete de grageas milagrosas de las que no me separo desde entonces.
Apareció entonces en la sala de espera un sargento con la camisa eternamente bien planchada y las botas relucientes, serio, inexpresivo, como todos los sargentos que había conocido hasta entonces, exceptuando al sargento Trebor, que aún de las peores condiciones era capaz de sacar un buen chiste, era su forma de motivarnos, aunque todos sabíamos que con ese carácter jamás ascendería más allá en la cadena de mando. Creo que cuando todo acabó, el sargento Trebor volvió a Grenn Bay, en Wisconsin, su ciudad natal, a recorrer tugurios explicando sus hazañas de guerra e intercambiando anécdotas por cerveza.
El sargento “sin mácula” nos hizo pasar de uno en uno a una habitación de la que ninguno de los que ingresaba volvía a salir; más tarde descubrí que esa clase de abducción era debida a que nos obligaban a salir por una puerta trasera que daba a una escalera de incendios metálica y con elocuente falta de pintura, tan oxidada que una música crujiente brotaba a cada paso que se daba sobre ella, sólo era cuestión de tiempo para que la nota final diera por concluido el réquiem de una escalera que llegaba a su fin, todo ese viejo edificio gubernamental llegaba a su fin.
Cuando llegó mi turno me sudaban las manos, siempre me sudan cuando estoy nervioso, desde que acabó la guerra, después de dos años, ocho meses y dieciséis días, cada vez que los nervios hacian acto de presencia me sudaban las manos. Con las manos empapadas, frotando continuamente el pantalón en un movimiento que se había convertido en compulsivo, un sólo pensamiento recorría mi cabeza, siempre era el mismo, “que nadie me extienda la mano, que nadie me extienda la mano”. En el interior del cubículo había tres hombres, el sargento “planchado”, un capitán de la Marina, y un tipo sonriente, con esa expresión que delataba que era del servicio de inteligencia, vestido de paisano con traje oscuro y corbata a juego, aunque algo desanudada del cuello; la canícula, aquel agosto, se había cebado en los estados del Oeste del país, y aquel caduco edificio carecía de aire acondicionado, en la sala tan sólo había un triste ventilador metálico, con la potencia justa para mover unas cintas de colores atadas a la carcasa, pero del todo insuficiente como para refrescar el ambiente.
El hombre del traje oscuro me extendió la mano y me hizo ademán para que tomara asiento. Noté en su expresión que la humedad de mi mano estrechando la suya le resultó desagradable, y disimuladamente la bajó hacia el camal del pantalón para secársela, exactamente igual que lo que hice yo; a mí también me resultaba desagradable, hasta vergonzoso.
Me ofrecieron un café y un cigarrillo para distender la situación, el pequeño cenicero rebosaba colillas y ceniza de las entrevistas que precedieron a la mía, no habían tenido ni la curiosidad de vaciarlo en la papelera.
- ¿Quiere un café?
- Sí, gracias – dije con un hilo de voz.
Cuando me pusieron el café de máquina de quince centavos sobre la mesa de fórmica, una suerte de agua caliente oscura con lejanas reminiscencias de cafeína, empezaron las preguntas.
- ¿Estuvo usted en Times Square el día de “la victoria”?
- Sí, recorrí varias avenidas de Manhattan con el resto de los muchachos.
- ¿Lee usted habitualmente o ha leído la revista “Time Life”?
- Alguna vez supongo que sí, no sé exactamente...
- ¿Conoce usted a alguien que trabaje para “Time Life”?
- mmm... no.
- ¿Conoce usted a Alfred Eisenstaedt?
- No.
- ¿Besó usted a alguna mujer durante la celebración del día de “la victoria”?
- Sí, a varias. Todo el mundo se besaba. Había acabado la guerra.
- ¿Besó a alguna enfermera?
- Sí, creo que sí... a alguna... Durante la contienda ellas cuidaban de los heridos, incluso un par de amigos, tras su larga convalecencia, llegaron a casarse con sus respectivas enfermeras. Debe tener algo que ver con el síndrome de Stockholm o con algún complejo edípico. – Sonreí intentando hacerme pasar por intelectual o por más listo de lo que realmente era. Parece que a aquellos señores no les hizo ninguna gracia.
- ¿Conoce usted a Edith Shain, enfermera del ejercito?
- No me suena el nombre, creo que no.
- ¿Recuerda usted si ese día alguien le hizo una fotografía?
- No lo sé, es posible. Había muchos reporteros y los flashes de las cámaras no dejaban de dispararse por todas partes como fuegos de artificio.
- Bien, puede retirarse. Muchas gracias.
Me levanté e hice un pequeño gesto con la cabeza en señal de agradecimiento de todavía no sabía qué exactamente, nadie me extendió su mano para que se la estrechara, y me indicaron una puerta metálica que daba a la escalera de incendios exterior para que saliera por allí. Extraño lugar por donde abandonar una extraña entrevista. No entendía nada, ni las preguntas, ni a donde querían llegar, ni que buscaban exactamente. Me quedé unos segundos allí afuera tratando de escudriñar algo de aquel asunto pegando la oreja en el metal de la puerta, casi me abraso, aquella hora del mediodía había dejado la puerta lista para una parrillada vertical de hot-dogs, bacon y hamburguesas. Se me abrió el apetito aunque la quemazón en la mejilla no me dejaba abrir la boca con facilidad y opté por volver a casa con el primer bus que saliera de Central Station, tenía más de tres horas de camino hasta Poughkeepsie.
Habían pasado más de cuatro meses de aquel asunto, las fiestas del Christmas habían engalanado parte del pueblo y algunas casas lucían cientos de bombillas de colores que parpadeaban estrésicamente entre ángeles y Santa Claus de plástico. La nuestra nunca tuvo ese colorido en la fachada, pero el pavo relleno de mamá no faltaba ningún año sobre la mesa decorada con un centro de musgo y muérdago, cintas plateadas y una gran vela roja.
Toda la familia se reuniría un año más en torno a aquella mesa que guardaba conversaciones y recuerdos entre sus astillas. La guerra me impidió estar allí el año anterior, la Navidad de 1944, así que en esta ocasión quería que todo fuese perfecto y redimir así mi ausencia en aquella mesa doce meses antes.
Decicí acicalarme para el evento y visité a William, en Major Street, el mejor peluquero del condado, el único que había conocido mi cabello hasta el día de mi incorporación en el ejército, en el que me rasuraron la cabeza con aquella máquina del diablo que nos dejaba a todos con la cabeza clónica y descubierta.
Mientras esperaba mi turno hojeé sin demasiado interés algunas de las revistas caducadas que William tenía para hacer la espera más agradable. Entonces fue cuando la vi, allí agazapada entre otras estaba la revista mensual “Time Life” de Septiembre del 45, y en la portada estaba yo. Me quedé paralizado. El titular “El fin de la guerra”.
- ¡Soy yo..., soy yo...! – Comencé a gritar sin parar, mientras mostraba la revista a los clientes que me miraban con cara escéptica.
Abracé a Williams con fuerza dando saltos de alegría, saltó conmigo como si alguna lotería local hubiese hecho cambiar nuestra suerte y hacer crecer nuestras exiguas cuentas bancarias. Salí a la calle con la revista en la mano, parando a todos los viandantes que se cruzaban en mi camino.
– ¡Soy yo! – Gritaba como un loco y en ocasiones hasta perdiendo la voz.
Poco antes de llegar a casa me detuve un instante y recordé aquel extraño interrogatorio en las oficinas de reclutamiento. Por fin comprendí, buscaban a aquel hombre de la fotografía, me buscaban a mí. Querían saber quién era aquel anónimo héroe de revista que había sido el icono del final de una guerra. Aquel soldado desconocido que besó apasionadamente a una enfermera.
Aquel emotivo acto simbólico para todo un país fue mío. Sin saberlo me había convertido en el soñado héroe que quería ser cuando comía palomitas frente a la gran pantalla.
Yo la besé. Fui yo.
Aquellas fueron las mejores navidades de toda mi vida.
De nuevo estaba allí, en el mismo punto de partida, tratando de achicar pesadillas de trinchera, con la sonrisa de veintipocos años, fresca, inocente, borrada de un plumazo por imágenes de amigos descuartizados y el olor a pólvora y a carne en estado de putrefacción que recorría aquellos lares con nombres imposibles de pronunciar y menos aún de recordar. Envejecido prematuramente, con la mirada fría de horrores. ¿Donde estaba aquel chico tímido que se colaba en los campos de maíz dos veranos atrás?
Hacía una semana que había recibido una carta certificada del ejército, reclamaban mi presencia en estas oficinas en día y hora determinados. Allí estábamos once muchachos, supongo que por el mismo motivo desconocido, pude ver la misma carta en las manos de algunos de ellos. Nadie decía nada, y por contra el silencio lo decía todo. Cada uno con historias que contar, con historias que olvidar, experiencias distintas y vivencias tan calcadas. Algunos miraban al suelo, otros nos mirábamos a los ojos y otros enterraban sus pensamientos en revistas mensuales que se acumulaban en la mesita de la esquina: “War”, “Army”, “Weapons”, no dejó de sorprenderme el titular de una de ellas “Nuevas formas de matar”, repugnante.
La úlcera volvió a hacer acto de presencia, la abundante salivación, el sudor frío y el dolor en la boca del estómago me hizo plegarme en mí mismo. Saqué una pastilla de Almagato, sabía que en cinco minutos ya todo habría pasado, y la mastiqué con rabia. Poco a poco el dolor se disolvió a ritmo de la disolución de la pastilla, estaba enganchado a esa sustancia desde que sufrimos el primer bombardeo de la artillería enemiga. El médico de campaña me explicó entonces que con el estrés, los nervios y una alimentación basada en chocolatinas y tabaco, una úlcera era lo mejor que me podía ocurrir. Y me dio un paquete de grageas milagrosas de las que no me separo desde entonces.
Apareció entonces en la sala de espera un sargento con la camisa eternamente bien planchada y las botas relucientes, serio, inexpresivo, como todos los sargentos que había conocido hasta entonces, exceptuando al sargento Trebor, que aún de las peores condiciones era capaz de sacar un buen chiste, era su forma de motivarnos, aunque todos sabíamos que con ese carácter jamás ascendería más allá en la cadena de mando. Creo que cuando todo acabó, el sargento Trebor volvió a Grenn Bay, en Wisconsin, su ciudad natal, a recorrer tugurios explicando sus hazañas de guerra e intercambiando anécdotas por cerveza.
El sargento “sin mácula” nos hizo pasar de uno en uno a una habitación de la que ninguno de los que ingresaba volvía a salir; más tarde descubrí que esa clase de abducción era debida a que nos obligaban a salir por una puerta trasera que daba a una escalera de incendios metálica y con elocuente falta de pintura, tan oxidada que una música crujiente brotaba a cada paso que se daba sobre ella, sólo era cuestión de tiempo para que la nota final diera por concluido el réquiem de una escalera que llegaba a su fin, todo ese viejo edificio gubernamental llegaba a su fin.
Cuando llegó mi turno me sudaban las manos, siempre me sudan cuando estoy nervioso, desde que acabó la guerra, después de dos años, ocho meses y dieciséis días, cada vez que los nervios hacian acto de presencia me sudaban las manos. Con las manos empapadas, frotando continuamente el pantalón en un movimiento que se había convertido en compulsivo, un sólo pensamiento recorría mi cabeza, siempre era el mismo, “que nadie me extienda la mano, que nadie me extienda la mano”. En el interior del cubículo había tres hombres, el sargento “planchado”, un capitán de la Marina, y un tipo sonriente, con esa expresión que delataba que era del servicio de inteligencia, vestido de paisano con traje oscuro y corbata a juego, aunque algo desanudada del cuello; la canícula, aquel agosto, se había cebado en los estados del Oeste del país, y aquel caduco edificio carecía de aire acondicionado, en la sala tan sólo había un triste ventilador metálico, con la potencia justa para mover unas cintas de colores atadas a la carcasa, pero del todo insuficiente como para refrescar el ambiente.
El hombre del traje oscuro me extendió la mano y me hizo ademán para que tomara asiento. Noté en su expresión que la humedad de mi mano estrechando la suya le resultó desagradable, y disimuladamente la bajó hacia el camal del pantalón para secársela, exactamente igual que lo que hice yo; a mí también me resultaba desagradable, hasta vergonzoso.
Me ofrecieron un café y un cigarrillo para distender la situación, el pequeño cenicero rebosaba colillas y ceniza de las entrevistas que precedieron a la mía, no habían tenido ni la curiosidad de vaciarlo en la papelera.
- ¿Quiere un café?
- Sí, gracias – dije con un hilo de voz.
Cuando me pusieron el café de máquina de quince centavos sobre la mesa de fórmica, una suerte de agua caliente oscura con lejanas reminiscencias de cafeína, empezaron las preguntas.
- ¿Estuvo usted en Times Square el día de “la victoria”?
- Sí, recorrí varias avenidas de Manhattan con el resto de los muchachos.
- ¿Lee usted habitualmente o ha leído la revista “Time Life”?
- Alguna vez supongo que sí, no sé exactamente...
- ¿Conoce usted a alguien que trabaje para “Time Life”?
- mmm... no.
- ¿Conoce usted a Alfred Eisenstaedt?
- No.
- ¿Besó usted a alguna mujer durante la celebración del día de “la victoria”?
- Sí, a varias. Todo el mundo se besaba. Había acabado la guerra.
- ¿Besó a alguna enfermera?
- Sí, creo que sí... a alguna... Durante la contienda ellas cuidaban de los heridos, incluso un par de amigos, tras su larga convalecencia, llegaron a casarse con sus respectivas enfermeras. Debe tener algo que ver con el síndrome de Stockholm o con algún complejo edípico. – Sonreí intentando hacerme pasar por intelectual o por más listo de lo que realmente era. Parece que a aquellos señores no les hizo ninguna gracia.
- ¿Conoce usted a Edith Shain, enfermera del ejercito?
- No me suena el nombre, creo que no.
- ¿Recuerda usted si ese día alguien le hizo una fotografía?
- No lo sé, es posible. Había muchos reporteros y los flashes de las cámaras no dejaban de dispararse por todas partes como fuegos de artificio.
- Bien, puede retirarse. Muchas gracias.
Me levanté e hice un pequeño gesto con la cabeza en señal de agradecimiento de todavía no sabía qué exactamente, nadie me extendió su mano para que se la estrechara, y me indicaron una puerta metálica que daba a la escalera de incendios exterior para que saliera por allí. Extraño lugar por donde abandonar una extraña entrevista. No entendía nada, ni las preguntas, ni a donde querían llegar, ni que buscaban exactamente. Me quedé unos segundos allí afuera tratando de escudriñar algo de aquel asunto pegando la oreja en el metal de la puerta, casi me abraso, aquella hora del mediodía había dejado la puerta lista para una parrillada vertical de hot-dogs, bacon y hamburguesas. Se me abrió el apetito aunque la quemazón en la mejilla no me dejaba abrir la boca con facilidad y opté por volver a casa con el primer bus que saliera de Central Station, tenía más de tres horas de camino hasta Poughkeepsie.
Habían pasado más de cuatro meses de aquel asunto, las fiestas del Christmas habían engalanado parte del pueblo y algunas casas lucían cientos de bombillas de colores que parpadeaban estrésicamente entre ángeles y Santa Claus de plástico. La nuestra nunca tuvo ese colorido en la fachada, pero el pavo relleno de mamá no faltaba ningún año sobre la mesa decorada con un centro de musgo y muérdago, cintas plateadas y una gran vela roja.
Toda la familia se reuniría un año más en torno a aquella mesa que guardaba conversaciones y recuerdos entre sus astillas. La guerra me impidió estar allí el año anterior, la Navidad de 1944, así que en esta ocasión quería que todo fuese perfecto y redimir así mi ausencia en aquella mesa doce meses antes.
Decicí acicalarme para el evento y visité a William, en Major Street, el mejor peluquero del condado, el único que había conocido mi cabello hasta el día de mi incorporación en el ejército, en el que me rasuraron la cabeza con aquella máquina del diablo que nos dejaba a todos con la cabeza clónica y descubierta.
Mientras esperaba mi turno hojeé sin demasiado interés algunas de las revistas caducadas que William tenía para hacer la espera más agradable. Entonces fue cuando la vi, allí agazapada entre otras estaba la revista mensual “Time Life” de Septiembre del 45, y en la portada estaba yo. Me quedé paralizado. El titular “El fin de la guerra”.
- ¡Soy yo..., soy yo...! – Comencé a gritar sin parar, mientras mostraba la revista a los clientes que me miraban con cara escéptica.
Abracé a Williams con fuerza dando saltos de alegría, saltó conmigo como si alguna lotería local hubiese hecho cambiar nuestra suerte y hacer crecer nuestras exiguas cuentas bancarias. Salí a la calle con la revista en la mano, parando a todos los viandantes que se cruzaban en mi camino.
– ¡Soy yo! – Gritaba como un loco y en ocasiones hasta perdiendo la voz.
Poco antes de llegar a casa me detuve un instante y recordé aquel extraño interrogatorio en las oficinas de reclutamiento. Por fin comprendí, buscaban a aquel hombre de la fotografía, me buscaban a mí. Querían saber quién era aquel anónimo héroe de revista que había sido el icono del final de una guerra. Aquel soldado desconocido que besó apasionadamente a una enfermera.
Aquel emotivo acto simbólico para todo un país fue mío. Sin saberlo me había convertido en el soñado héroe que quería ser cuando comía palomitas frente a la gran pantalla.
Yo la besé. Fui yo.
Aquellas fueron las mejores navidades de toda mi vida.

2 comentarios:
el no haber citado ningun autor muestra que tu eres el mismo?
bonito texto, aunque frío el final.
Sí, sí... es mío. Todo lo que hay en el Blog es de mi propia cosecha, mal que me pese.
Te doy la razón con el frío final, y gracias por el comentario.
Un abrazo
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